Un día descubrí un aguinaldo malva sobre la tumba de mi abuela. Al ir a tocarlo la flor me besó. Sentí la vida de la muerte en los pétalos tímidos. Sobre mi frente una humedad tibia dibujó una sonrisa. Mi boca musitó una oración.
Mis labios tuvieron hoy un arrebato de memoria. Recordó mi boca la primera vez que la tuya se comió la mía. Tu sed era tanta que no podías desprenderte de la humedad de mis labios. Yo me sentía presa de pánico de morir asfixiada. Todavía el pudor quema la mejilla de mi cara cuando después del primer beso: nos abrazamos. Aún mi cuerpo tiembla y tu nombre es un secreto en mi garganta.
El caminito que conduce al arroyo, hoy ha cantado. Ha reconocido tus huellas llevando en andas a las mías. Fue un tiempo bonito de pasos sobre pasos y de bocas fundidas. Lo malo es que ya no existe el camino y el arroyuelo se llevó nuestras sombras. La imagen es mi recuerdo.
Palidece el alma sin amor, sube hasta la cara el color de la muerte; en la oquedad de los ojos una tempestad presagia el fin del mundo. No se ha movido ni una hoja del árbol frente a mi ventana. La furia del tiempo devastó mis ojeras. No viniste. Así de simple.
Mi madre me escribe flores en letras y yo me las guardo en el pecho para olvidar que la distancia nos pone broches. Las cartas de mi madre se desparraman por mi cara y no es que quiera llorar es que es llanto,en letras, lo que guardan.
Hoy mi niña ha sembrado un clavel en el cristal. Me lo trajo – dice – de un jardín alado. Mi corazón se pone tibio y allí, en el lugar de la flor, un beso ha tomado la forma de sus labios. Un ángel jardinero me sonríe desde el florero.
Mis manos sin luz han tejido un nido de rosas entre los dedos. ¡Asombro para los ojos! Entre las palmas abiertas un ave de oro canta. Ha nacido un niño flor sin dolor.